Manglares de la Isla Damas

A tan sólo unos diez kilómetros de la ciudad de Quepos, este minúsculo reducto (6 km2) de naturaleza virgen ha sobrevivido de milagro a la insaciable voracidad de los promotores inmobiliarios y explotaciones agropecuarias. No es ninguna exageración afirmar que la destrucción del manglar de Isla Damas sería una catástrofe ecológica, aunque sea a pequeña escala por el tamaño diminuto que ocupa. No hay “pequeños” desastres… Primero porque el manglar tiene un papel fundamental en la protección de la costa, evitando que se erosione por efecto del oleaje y del viento y también porque es el refugio de una muy numerosa fauna y flora endémica. El manglar es un ecosistema híbrido único, que sólo se desarrolla en zonas intermareales, cercanas a desembocaduras de ríos – como es el caso de Isla Damas – con biotopos de carácter anfibio (a la vez terrestre y acuático). En el agua salobre, crecen los mangles, largos árboles leñosos muy tolerantes a la salinidad. En los manglares de Isla Damas, encontramos a tres especies de ellos: el mangle blanco (Laguncularia recemosa) apodados “palos de sal” por el color blanquecino de su tronco, el mangle rojo (Rhizophora mangle) y mangle negro (Conocarpus erectus) porque los bosques de mangles negros son muy densos y apretados. Los mangles pueden llegar a medir entre 10 y 15 metros, con largas raíces enredadas que albergan a microcosmos de anfibios, crustáceos, moluscos y alevines. En esta densidad vegetal, algunos canales se han hecho camino solos y otros por la mano del hombre. Hoy, se recorren en lanchas silenciosas (para la tranquilidad de los animales que habitan el manglar), en canoas o en pédalos, en compañía de guías naturalistas que van explicando las características naturales del manglar. Son una verdadero oasis de frescura, cosa que saben muy bien los incontables monos “caras blancas” y monos ardillas que viven en estos bosques flotantes. Se han acostumbrado a ver al hombre y vienen regularmente a hacer sus “payasadas”, columpiándose en el techo de las lanchas, para el mayor regocijo de sus pasajeros. ¡Pero está ta-jan-te-mente prohibido darles de comer! Y nunca basta con decirlo una vez… No estamos en el zoológico sino en un lugar salvaje donde los animales andan desprotegidos de bacterias que pueda portar el hombre. Además, alimentarlos de esta manera “artificial” crea en ellos comportamientos que pueden resultar agresivos. En el manglar, también se podrán observar cocodrilos y caimanes, boas, perezosos y una gran variedad de aves tales como las garzas blancas, los zarapitos, las espátulas rosadas o las fragatas. Y para los más afortunados podréis ver, acurrucado en una rama de mangle, un serafín de platanar (Cíclopes didáctylus) que no es un oso sino un hormiguero, de tamaño pequeño y hábitos nocturnos por lo que es relativamente complicado su avistamiento. Cierto es que la masificación del turismo fluvial en el manglar, dado su tamaño reducido, acabaría siendo nocivo. Pero si se hace de manera sostenible e inteligente, también puede ser su mayor respaldo al concienciar a la gente del valor ecológico que tiene.

Latitud:9.454288·Longitud:-84.202846